El teatro como acto frágil de resistencia en una ciudad dura

Arte: Zarai Ocsa

Lima es una ciudad que no perdona. Entre el tráfico interminable, el ruido ensordecedor y la prisa por sobrevivir, sentarse a ver una obra de teatro parece casi un lujo. Según la Encuesta Nacional de Programas Presupuestales (ENAPRES) del INEI 2016 – 2024, el 8.6% de los peruanos mayores de 14 años asistió al menos una vez a una función teatral. Hemos dejado atrás el 2% de la crisis del 2021 y estamos a solo un punto del 9.7% que teníamos antes de la pandemia. La platea se llena, pero ¿estamos realmente construyendo un público teatral?

Debajo de esa cifra alentadora, el teatro en Lima y el Perú sigue siendo un acto frágil: esporádico, gratuito y dependiente de factores externos. No hemos creado un hábito cultural sólido, sino una asistencia de ocasión que puede desmoronarse ante la menor crisis económica o política. La fragilidad no está en las tablas, sino en la butaca.

Los números del Ministerio de Cultura, basados en la última Encuesta Nacional del INEI, son contundentes. Primero: el 53% de los asistentes entraron gratis a la función. Solo el 31.5% compró su entrada. Segundo: el 41.8% va al teatro una vez al año. Apenas el 6.5% tiene una frecuencia mensual. Tercero: el nivel educativo es el principal dinamizador del consumo cultural. 

Mientras el 25.1% de los universitarios asiste al teatro, solo el 1.1% de quienes no tienen ningún nivel educativo lo hace. En otras palabras: el teatro peruano sobrevive gracias a la invitación, la excepción y el diploma.

El teatro sobrevive en la ciudad como un acto frágil: siempre al borde del fracaso existencial, siempre resistiendo.

Alguien podría decir: «Pero el teatro no es como el cine. Su esencia es la excepcionalidad, el rito, la cita especial, no necesita ser semanal para ser valioso. Que mucha gente entre gratis es una forma de democratizar la cultura, no un síntoma de fragilidad». Es un buen punto. De hecho, en Loreto y Piura, donde el porcentaje de asistencia (17.5%) duplica al de Lima (9.5%), es posible que muchas funciones sean comunitarias o gratuitas. 

Eso no es malo, el problema es la dependencia. Si el 53% solo entra cuando le regalan la entrada, ¿qué pasará el día que no haya pases cortesía, ni festivales subvencionados, ni programas estatales? Esa «democratización» se desinfla como un globo. El contraargumento honesto revela nuestra verdadera debilidad: no hemos logrado que el teatro sea visto como un bien por el que vale la pena pagar.

Quizá el teatro, en una ciudad compleja como Lima, esté condenado a ser frágil. Y quizá eso no sea del todo malo porque lo frágil nos recuerda algo que la dureza limeña suele borrar: que podemos detenernos, que el encuentro con otro sobre un escenario sigue siendo un milagro menor, y que el hecho de que el 8.6% aún asista, aunque sea gratis o una vez al año, es también un acto de resistencia. 

El desafío no es solo llenar salas, es preguntarnos qué tipo de público queremos ser, si uno que consume cultura por inercia o uno que la elige, la paga y vuelve a ella como quien vuelve a un lugar donde fue feliz. ¿Será que la mayoría va solo para tomarse una foto y ya, para grabar y subirlo a redes, sin siquiera disfrutar? Porque si es así, entonces el teatro no fue una experiencia: fue un adorno. Y los adornos, en una ciudad dura, se guardan en el clóset.

Nikoll Benavides

Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal. Actualmente redactora periodística en Departe.

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  • Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal.
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