El marco de las próximas elecciones presidenciales en el Perú sirve a los peruanos para ver reflejadas nuestras afinidades políticas y sociales mediante nuestra defensa por el partido o candidato de preferencia.

Ante el hartazgo social ocasionado en los últimos años por un gobierno manchado de corrupción, inseguridad ciudadana y desequilibrio institucional, se espera que la ciudadanía exija mayores y mejores propuestas frente a estos sectores cruciales para su calidad de vida y oportunidades de desarrollo.
Entre las propuestas, que usualmente no llegan a ejecutarse, el foco siempre ha estado sobre los sectores economía, salud, educación y, recientemente, con mayor tensión, en la seguridad. Sin embargo, existe un sector al cual se le resta importancia frente a otros considerados más relevantes para el país: Cultura.

El peruano de a pie desconoce las funciones principales del Ministerio de Cultura (Mincul), más allá de saber que se encarga de “cuidar” el patrimonio de nuestra nación. En todos estos años, han sido pocos los esfuerzos del Mincul por construir una mayor institucionalidad y difundir correctamente sus lineamientos para poder entender la política cultural. En consecuencia, la población ya no exige medidas y políticas a favor de la cultura con la misma intensidad con la que exige en seguridad o limpieza pública.
En el Perú, no es entendido a cabalidad el rol decisivo de la Cultura dentro del combate de los grandes problemas nacionales. El Ministerio de Cultura, además de resguardar el patrimonio, podría ser una herramienta clave en la lucha contra el machismo y la violencia de género. Debería tener la misión institucional por defender los derechos de las comunidades indígenas, sobre su territorio, sus recursos y sus lenguas, pero su mayor problema es que entiende la Cultura, sobre todo, como promoción cultural, no resaltando lo indispensable que es que se entienda a esta como vínculo social, como modo de vida, como relaciones de poder y discriminación diversa.
Necesitamos facilitar el acceso a diferentes fuentes de información histórica que nos permitan combatir los estereotipos, asumir una actitud más propositiva y reeducarnos para salir de la alienación que perpetúa el individualismo antisocial que se ha impuesto en la sociedad, y no lo lograremos si la cultura es simplemente vista como un mercado que busca ser controlado por el mejor postor.
Un notable ejemplo es el cine. Los peruanos estamos acostumbrados a que nos ofrezcan monotonía. Las empresas que controlan el sector no están interesadas en contribuir con la educación del país o comprometerse con el arte; no buscan dejar algún aporte más allá de su lucro. Este simple ejemplo puede subrayar cómo la labor de la difusión cultural ayudaría en ampliar nuestro criterio y afianzar nuestra sensibilidad.

Hacer verdadera política cultural implica, también, proponer nuevas representaciones de la vida colectiva que contribuyan a crear nuevas identidades sociales, nuevos modos de relación entre las personas y construir un nuevo “sentido común” igualitario y democrático. En suma, se trata de activar la necesidad de producir una mirada diferente sobre la realidad.
