Del desgarramiento a la ironía: el tránsito narrativo y poético entre “Puño y norte” y “Moscas y canabrios” de Diego Alexander Paiva

Arte: Zarai Ocsa

Leer Puño y norte y luego Moscas y canabrios es como reencontrarse con alguien que antes discutía a todo volumen y ahora habla con ironía. No porque haya dejado de sentir la ira, sino porque ya no necesita pelear en cada conversación, sino jugar con su propia realidad y convertir la angustia en un soporte para su lucha.

En Puño y norte, Salvador Zavala aparece como una voz golpeada por el entorno y, al mismo tiempo, lista para devolver el golpe. El barrio no es solo un escenario, sino que se ha convertido en presión constante, memoria e incomodidad. Todo parece ocurrir con urgencia. El lenguaje se repite, insiste, se desborda, como si hubiera demasiadas cosas acumuladas y el poema fuera el único lugar donde pudieran salir sin filtro.

En Puño y norte, Diego Alexander Paiva construye a Salvador Zavala desde la urgencia y el conflicto: una voz golpeada por el entorno y lista para devolver el golpe, donde el poema se convierte en espacio de descarga, desborde y confrontación directa.

Ese primer libro se siente como una necesidad de decirlo todo antes de que se enfríe. Zavala ahí no observa; se expone. El yo lírico no camina con cuidado, más bien avanza chocando. Hay rabia, ironía, cansancio y orgullo. No es un personaje cómodo, pero justamente por eso funciona: está vivo.

Lo interesante aparece cuando uno abre Moscas y canabrios y reconoce que Zavala sigue ahí, pero ya no ocupa el mismo lugar. Diego Alexander Paiva, el autor de ambos libros, sigue el recorrido de este personaje, quien ya se había entregado al sistema precario que lo sometía y decide abandonar Lima Norte al final del libro anterior. En Moscas y canabrios, encontramos a Salvador Zavala después de ese desplazamiento, en un proceso constante de alienación y memoria, combinando lo que fue con lo que aprende a través de los nuevos sistemas de poder en los que ahora se encuentra, como la Universidad Católica o el nuevo distrito en el que vive.

Aquí el territorio ya no pesa igual. No desaparece, pero deja de ser el centro inmediato del poema. Zavala se desplaza por nuevos espacios, y ese desplazamiento modifica también su relación con el lenguaje. Los versos ya no avanzan con la misma urgencia explosiva de Puño y norte; ahora incorporan pausas, silencios y variaciones que no responden a una calma del sujeto, sino a una intención formal más consciente. El poema respira de otra manera. Si el primer libro era un estallido constante, cercano al ruido del punk o el metal, “Moscas y canabrios” se acerca más a una estructura progresiva; más medido, con cambios de ritmo, con momentos de contención que intensifican, en lugar de diluir, el conflicto. El lenguaje se vuelve un espacio de exploración donde el yo lírico no deja de luchar, pero aprende a administrar el golpe, a desviarlo, a observar antes de devolverlo.

Sin embargo, esta aparente distancia no implica reconciliación. Hacia la parte final del libro, Salvador Zavala vuelve a Lima Norte desde la memoria, pero lo hace desde un lugar distinto. Ya no desde la rabia inmediata, sino desde un desgarro más profundo, atravesado por la nostalgia y una sensación de entrega. El personaje, ya inserto en los sistemas que antes lo excluían, parece comenzar a erosionarlos desde dentro, no como un gesto programado de resistencia, sino como consecuencia de una incomodidad persistente. No hay una voluntad explícita de sabotaje, sino la imposibilidad de pertenecer del todo. Zavala no destruye el sistema porque se lo proponga, sino porque nunca logra habitarlo sin fracturarse.

Por eso el libro está lleno de contrastes. A partir de la aparición de la prosa hacia la mitad del libro, se hace evidente un cambio de tono que ya se insinuaba desde el inicio. Zavala no estalla de ira, sino de risa. Y se ríe en la cara del lector y en la suya propia. Ese gesto atraviesa gran parte del libro hasta que, luego de un choque emocional, aparece el recuento de lo que significó ingresar a la Católica y enfrentarse a un universo más intertextual. Es entonces cuando emerge la nostalgia mencionada anteriormente, configurando dos registros distintos dentro del poemario, tal vez representados en lo que podrían entenderse como los poemas “moscas” y los poemas “canabrios”.

Entonces el lector puede leer una narrativa entre estos dos libros: el camino de alienación y lucha de Salvador Zavala. Un recorrido que no se resuelve en la superación del conflicto, sino en su transformación. De la confrontación directa y urgente de Puño y norte, el personaje pasa a una etapa donde la fractura se vuelve más silenciosa, más consciente, y por eso mismo más profunda. La risa, el distanciamiento y el juego no cancelan la herida inicial, sino que la reorganizan dentro de un nuevo sistema que Zavala habita sin llegar a pertenecer del todo. En ese tránsito, el lenguaje deja de ser únicamente un medio de descarga para convertirse en un espacio de resistencia más complejo, donde el personaje, ya atravesado por las estructuras que antes lo oprimían, comienza a erosionarlas desde su propia inestabilidad. Así, Moscas y canabrios no representa una reconciliación, sino la evidencia de una incomodidad persistente, la de un sujeto que, incluso después de integrarse, nunca deja de estar en conflicto con el lugar que ocupa.

En “Moscas y canabrios”, Salvador Zavala reaparece después del desplazamiento: el conflicto no desaparece, pero se transforma en ironía, memoria e incomodidad persistente dentro de los nuevos espacios que ahora habita.

Al cerrar “Moscas y Canabrios”, queda la sensación de que el personaje sigue en tránsito. No llega a ningún lugar definitivo ni parece apurado por hacerlo. Simplemente continúa. Y ese movimiento, con sus aciertos y dudas, es probablemente lo más honesto del proyecto: un yo lírico que no se congela en una sola versión de sí mismo.

Es importante también mencionar que se mantienen ciertos gestos reconocibles como repeticiones, cortes, palabras que interrumpen visualmente el verso. En el primer libro funcionan como parte del desborde; en el segundo ya parecen una firma estilística, algo que identifica al autor aunque no siempre tenga la misma fuerza. Sin embargo, esto es suponer, pues parece que Salvador Zavala es una vía de exploración para diversas formas poéticas.

Entre el puño cerrado y el paso más contenido, Zavala sigue escribiéndose. Y uno queda con curiosidad por ver hacia dónde se dirige ahora, cuando ya aprendió que no todo se resuelve a golpes, pero tampoco en silencio.

Nikoll Benavides

Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal. Actualmente redactora periodística en Departe.

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  • Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal.
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