
Detrás de cada adopción y rescate de animales hay personas o grupo de personas que enfrentan agotamiento físico, desgaste emocional y una lucha silenciosa por sostener su salud mental en un contexto de abandono masivo y escaso apoyo por parte del estado.
Los rescatistas sostienen una labor invisibilizada que combina desgaste físico y una profunda carga emocional. En un país con más de 7 millones de perros abandonados, estas personas enfrentan jornadas extensas, escenas de maltrato y pérdidas constantes.
El impacto no solo se mide en cuerpos agotados, sino en mentes tensionadas por la culpa, el estrés y la presión social de salvar vidas sin respaldo suficiente ni pausas reales diarias y permanentes.
El desgaste psicológico aparece de forma progresiva y silenciosa. Los psicólogos advierten cuadros de agotamiento emocional, desconexión afectiva y síndrome de burnout en rescatistas expuestos continuamente al sufrimiento animal. La frustración por no llegar a tiempo, la rabia frente al abandono y la culpa por decir “no» generan crisis personales. Muchos confiesan sentirse invisibles, obligados a ser fuertes mientras su salud mental se deteriora sin apoyo institucional sostenido y prolongado.
El impacto físico tampoco es menor. Largas horas de rescate, traslados, limpieza y cuidado veterinario provocan cansancio extremo y problemas de salud. A ello se suma el endeudamiento económico, que incrementa la ansiedad y el estrés.
La labor de los rescatistas expone una realidad que va más allá del abandono animal: la ausencia de políticas efectivas de apoyo y prevención. Mientras el Estado debate leyes y protocolos, son los ciudadanos quienes sostienen esta crisis con su salud física y emocional.
