Navidad: un tiempo de reflexión y amor (propio)

Lejos de los fuegos artificiales que encienden más allá del cielo y los corazones, la introspección llega a la medianoche y la diosa de la nostalgia se encarga de frenar el entusiasmo y reemplazarlo por recuerdos más icónicos del 2025.

Arte: Valeria Rodriguez

Una clásica ilusión cronológica aparece en la última temporada de cada año. Parte de esta narrativa proviene del consumismo y el sentimiento maravillado de notar que nuevamente los doce meses se están despidiendo. Diciembre se presenta como un punto de cierre simbólico, donde pareciera que todo debe tener sentido, balance y, sobre todo, una felicidad visible.

Las llamativas luces del árbol de Navidad se encargan de cambiar de color y ofrecer luminiscencia mientras abundan las risas en una misma mesa familiar. Esto surge debido a la variación del significado de la Navidad a lo largo de los años. ¿Reflexión equivale a comer las doce uvas a la medianoche? ¿O acaso es igual que dar las primeras y últimas palabras en la cena antes del brindis? La tradición se cumple, pero pocas veces se cuestiona.

En medio de este ritual colectivo, el amor propio queda relegado. Se prioriza agradar, compartir, publicar y demostrar, antes que escucharse. El mundo interno pierde relevancia frente a una atmósfera saturada de egos y competencia de felicidad, donde las redes sociales funcionan como vitrinas emocionales. Allí no siempre se muestra lo que se siente, sino lo que se espera que otros vean: mesas perfectas, sonrisas impecables y una versión editada de bienestar.

La paradoja es evidente: se presume una felicidad dirigida a los demás, pero rara vez a uno mismo. Se busca validación externa en forma de “me gusta”, comentarios o aprobación, mientras se ignoran las propias necesidades emocionales. El amor propio, que implica aceptarse, cuidarse y reconocerse, resulta incómodo en una sociedad que premia la comparación y el rendimiento emocional.

Así, diciembre se vuelve un escenario en el que la tristeza se disfraza, el cansancio se oculta y el silencio interno se apaga con ruido. La obligación de estar bien reemplaza al permiso de sentirse vulnerable. Celebramos con otros, pero no siempre con nosotros mismos; compartimos momentos, pero no introspección.

Tal vez el verdadero acto de amor propio en Navidad no sea cumplir con todos los rituales ni proyectar una felicidad constante, sino permitirnos sentir sin filtros. Reconocer que no todas las etapas del año se cierran con alegría, y que no todo debe ser celebrado públicamente. A veces, quererse es no forzarse a encajar.

Cuando las luces se apaguen y las mesas se vacíen, quedará la relación más importante: la que mantenemos con nosotros mismos. Probablemente allí resida el sentido más honesto de estas fechas: dejar de presumir felicidad hacia afuera y empezar a construirla, en silencio, desde adentro.

Frida Guzmán

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional San Luis Gonzaga. Redactora periodística y creadora de contenido en el medio digital Departe.

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  • Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional San Luis Gonzaga. Redactora periodística y creadora de contenido en el medio digital Departe.

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