
Cada vez resulta más difícil distinguir dónde termina la infancia y dónde comienza la adolescencia. La etapa “tween”, ese espacio intermedio que durante años permitió a niños y preadolescentes explorar la cultura de manera gradual y protegida, parece haber desaparecido. Antes existían productos, medios y referentes pensados específicamente para ese grupo: revistas (Teen Vogue), tiendas de moda (Aeropostale o Forever 21) y canales de entretenimiento (Disney XD) que ofrecían una transición relativamente segura. Hoy, muchos de esos espacios ya no existen.
En su lugar, se impone una cultura digital que empuja a los más jóvenes a adoptar estéticas y comportamientos propios de edades mayores. Plataformas como TikTok e Instagram ofrecen nuevos modelos a seguir a un clic de distancia: influencers, rutinas de “Get Ready With Me” o tendencias de belleza se convierten en guías de lo que es válido decir y hacer. Fomentar el juego o la exploración espontánea se vuelve cada vez más complejo cuando el algoritmo premia la repetición y la imitación de rutinas de baile o de skin care.

Irónicamente, estas generaciones, conocidas por su libertad digital, viven bajo una presión constante por encajar en las estéticas prediseñadas. La experimentación de los preadolescentes se reduce a elegir entre estas “identidades” empaquetadas, como las estéticas de VSCO, clean girl, Y2K y preppy girl, o las microtendencias como cottagecore o fairycore.

El problema no es aspirar a estar a la moda, sino que esa aspiración aparezca de manera temprana y casi obligatoria, como si la transición a la adolescencia fuese un periodo que conviene pasar por alto. Tanto la infancia y la adolescencia, etapas pensadas para probar, equivocarse y descubrirse, se transforman con esta necesidad de adoptar comportamientos “adultos”. Encajar implica seguir tendencias y consumir productos de fast fashion (como Shein, Zara, H&M o Lululemon), mientras la vida cotidiana se convierte en contenido.
Quizá el mayor riesgo no sea la desaparición de los espacios infantiles y adolescentes, sino que le restemos importancia a su ausencia. Que resulte aceptable que un niño actúe como microinfluencer o que un adolescente gestione su reputación personal como una marca. Recuperar esos espacios es un recordatorio necesario de que crecer es un proceso gradual, lleno de errores y tiempos propios. No se trata de demonizar las redes sociales, sino de cuestionar qué ocurre cuando dejan de ser un complemento y pasan a definir completamente las conductas.
