
Estar en la universidad es una cosa de locos. Un verso tan popular de la época dorada del rock peruano, perteneciente a la banda Río. Una época en la que la universidad era punto de acopio para fomentar, supuestamente, ideas revolucionarias del llamado “profesor champú”. Pasaron casi tres décadas desde que nuestro país vivió el mayor número de fallecidos en un periodo corto de tiempo.
Desde pequeños se nos enseña que, para ser grandes —es decir, triunfadores—, necesariamente debemos tener una profesión. El famoso “cartón” para ser parte de la cola de quienes están dispuestos a cambiar el mundo. Mis padres me decían que para ser alguien debía estudiar demasiado y, desde entonces, lo he hecho con mucho empeño. Incluso hay días en los que ni siquiera pruebo bocado alguno para ir detrás de ese sueño, que también genera noches sin dormir.
Las ojeras son lo más resaltante de mi rostro, y mis dientes cada vez se tornan de un color amarillento, producto de las tantas tazas de café que compro al día, ya sea en las máquinas de la universidad o en mi casa. La rutina es la misma de siempre: estudiar, comer chatarra, estudiar, tomar varios cafés, estudiar, estudiar y seguir estudiando.

En las noches me pregunto para qué hago todo esto. ¿Acaso merece el sacrificio de mi persona una carrera? Mi madre diría que sí. Ella trabajaba y estudiaba a la par, algo que a me mí parece imposible. Desconozco lo que es la vida social: tener amigos, salir de fiestas. Eso solo se me está permitido en vacaciones; caso contrario, permanezco atada a mi silla y escritorio, con esta misma laptop en la que, por primera vez, puedo expresarme tan libremente.
Se acercan las elecciones presidenciales y las redes sociales lo saben muy bien. Hay un sinfín de contenido electoral que muestra las diferentes aristas de cada político. La pregunta que más se repite no es por quién votaría la gente, sino por quién no votaría. En los últimos diez años hemos tenido ocho presidentes, es decir, casi uno por año, bajo la consideración de que el señor Jerí no sea destituido por la compra de un lote de caramelos de chifa.
Estudiar en Perú no resulta tan sencillo como en otros países. La oportunidad de hacerlo se ve plagada de privilegios. Primero, debes tener en cuenta qué es lo que quieres estudiar. Tal vez te comentaron que Medicina y Derecho son las carreras más solicitadas en el mercado laboral; seguro que sí. Las carreras de ingeniería no se quedan atrás, pero si le dices a tu papá que lo tuyo es la literatuta, lo más probable es que se rían y luego te digan la clásica frase: “te vas a morir de hambre”.
Lo he escuchado no solo de mi padre, sino de mi familia entera, poniendo en tela de juicio mi gusto por la lectura y la escritura. Descubrí este mundo gracias a mi profesora de un curso de narrativa, la doctora en filosofía, Daniela Wurst. Ella me enseñó que el amor por el terror puede llegar a ser pasional y confrontativo. La palabra “monstruo” proviene de “mostrar”: mostrar esos miedos profundos de la sociedad. De ahí la figura de la vampira, sexy y erótica, algo que históricamente ha sido imposible de imaginar para la mujer.
Se ha dicho mucho sobre el deseo de estudiar en los jóvenes. Resulta fácil para esos futuros diputados, para quienes lo único que se necesita es tener más de 25 años, nacionalidad peruana y ejercer la ciudadanía sin ninguna prohibición, es decir, no estar preso, lo que resulta contradictorio, porque hay más de uno en el Parlamento que ya estaría en Piedras Gordas si las leyes existieran en este país.
Nos llaman “ninis”: ni trabajo ni estudio. ¿Es realmente así? Ahí va la segunda consigna para estudiar: ¿en dónde? Existen 113 universidades licenciadas por la Sunedu y se estima a más de ocho millones de jóvenes entre los 15 y 29 años de edad aptos para la educación superior. Aun así, las universidades privadas no están al alcance de toda la población y, con justa razón: si el sueldo mínimo es de 1250 soles y encima hay que pagar para trabajar, ¿cuánto queda para estudiar?
Puedo vivir sin estudiar, pero no sin comer.
¿Qué nos queda entonces? El futuro se muestra desesperanzador. Siempre creí fielmente que estudiar era la mejor elección para el peruano de a pie; hoy ya no estoy del todo segura.
