
Con 37 años, no concibe al periodismo como una carrera cómoda o fácil. Lo aprendió entre la lectura de periódicos usados en el Mercado de Frutas de La Victoria, horas bajo el sol esperando a una fuente, y lo confirmó en las redacciones más exigentes como Caretas y Hildebrandt en sus trece. Para Eloy Marchán, actual director del medio digital El Foco, salir a la calle y “oler” la noticia es lo que le da sentido a su oficio. Con más de 15 años de trayectoria, tiene las cosas claras: el periodismo no es para agradar, sino para incomodar, incluso a los que son tus amigos.

Entre la bulla constante y los gritos de los vendedores que se mezclaban en el Mercado Modelo de Frutas de La Victoria, Eloy llegaba cada tarde al puesto de su abuela para visitarla. Ahí, entre las cajas y los plátanos, cogía los periódicos que servían para envolver las frutas para leerlos.
Lo que en un inicio empezó como una simple distracción se convirtió en una costumbre. En ese espacio, fue creando un vínculo con las noticias. Con el tiempo este simple hábito de lectura dejó de ser casual, pues se transformó en interés, y, finalmente, en una vocación. Por ello, decidió estudiar Comunicaciones en la Universidad de Lima, primero, y luego sociología en San Marcos.
Aquello que inició entre periódicos y plátanos terminó por definir el camino que seguiría en su vida. Eloy no eligió el periodismo de un día para otro, fue un camino que se construyó al pasar los años. De esa manera, fue moldeando su trayectoria en redacciones complejas y exigentes como la revista Caretas, y Hildebrandt en sus trece, que lo prepararon para fundar un medio.
El Foco: un proyecto que no estaba en sus planes

— Desde que empezaste a trabajar, ¿alguna vez pensaste en tener un medio propio?
— Cuando salí de la Universidad de Lima, yo quise dedicarme al periodismo, como reportero. En ningún momento por mi mente pasó tener un medio.
— ¿Cómo nació la idea de fundar tu medio propio?
— En un momento llegué a un punto en el que me cansé del periodismo. Necesitaba una pausa urgente. Por eso en 2019 me fui a España a estudiar una maestría en Teoría Política en la Complutense de Madrid. En ese tiempo existían muchos medios digitales en España, pero lo interesante de estos es que funcionaban a través de comunidades y suscripciones. Logré acabar mi maestría, pero justo llegó la pandemia, por lo que tuve que volver a Perú.
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De regreso al Perú, se encontró con un panorama complicado, pues quería volver a trabajar en el semanario de Hildebrandt, pero este estaba al borde del cierre debido a la pandemia. Con todo el aprendizaje que obtuvo en España sobre los medios digitales, tanteó el terreno y se dio cuenta de que ya no se necesitaban grandes sumas de dinero para formar su propio medio. Primero se reencontró con Carlos, un amigo del colegio que había salido de Publimetro, y juntos comenzaron a crear el proyecto. Pronto entendió que requerían de un equipo más grande.
A través de contactos fue sumando personas. Conoció a Alonso Zambrano; a Fernando Pinzás lo ubicaba desde la universidad; Fiorella Cubas y Fabiola Granda llegaron por recomendación.
Cuando finalmente los reunió, la propuesta fue directa: apostar por un medio sin garantías económicas en el corto plazo. Les advirtió que, por lo menos durante un año, no habría ingresos. Aun así, todos aceptaron. Cada uno asumió un rol: administración, fotografía, desarrollo web, reportería y edición. Con un equipo joven, diverso y sin grandes recursos, nació El Foco en julio del 2020, un proyecto construido desde la incertidumbre y la voluntad de hacer un periodismo distinto.
— ¿En qué momento El Foco empezó a volverse verdaderamente rentable?
— Cuando lanzamos El Foco, apostamos por un sistema de Patreon, en el que las personas podían suscribirse o donar, imitando en parte lo que hacía Marco Sifuentes con La Encerrona. Ahí empezamos a generar algunos ingresos, aunque también conseguimos proyectos que, a veces, no eran suficientes. Por eso, en el segundo año del medio, varios decidimos buscar otros trabajos. Por mi lado, regresé al semanario. Con el pasar del tiempo, incluso llegué a pensar en cerrar el El Foco por falta de fondos. Hoy tenemos proyectos con la Embajada de Francia y SembraMedia, y el medio ha crecido lo suficiente como para sostenerse.
La llegada a su escuela periodística: Caretas
— Siempre hablas de tu paso por Caretas, ¿trabajaste en algún otro lugar antes de llegar a la revista?
— Mi primer trabajo fue en IPYS, por recomendación de Santiago Pedraglio. En este lugar fue mi primer contacto con el periodismo de investigación. Una de mis funciones era revisar a los postulantes del COLPIN, un premio para el periodismo de investigación en América Latina. Eso me abrió la mente. Luego fui asistente del profesor Orazio Potestá. Cerca de él en la Universidad de Lima nació una promoción que tenía el “chip” de Caretas, pues Orazio se había formado allí. El primero de esa promoción en entrar a dicho medio fue Alex Ruesta, pero se quedó poco tiempo. Cuando se fue, yo entré en su puesto.
Cuando entró a Caretas tenía claro que no iba a ganar mucho dinero, pero podría estar en el lugar en el que siempre quiso. Así empezó su trayectoria en la revista que, en un futuro, consideraría su escuela periodística. Su deseo por aprender, por entender cómo se construye una noticia desde adentro, pesaba más que cualquier otra necesidad.
— ¿Qué periodistas de Caretas influyeron en tu forma de entender el periodismo?
— Aprendí de Marcelino Aparicio, Américo Zambrano, Enrique Chávez y Marco Zileri. De ellos entendí el valor de lo que es una noticia. Durante los cuatro años (2011-2014) que estuve en Caretas, me propuse absorber todo lo que pudiera del medio. De alguna manera, lo que soy hoy se debe a una semilla que allí aprendí. Incluso el enfoque gráfico que desarrollo en El Foco tiene su origen en la apuesta visual de Caretas. Como salía semanalmente, aprendí que el mejor producto periodístico es el que toma más tiempo en ser elaborado, pues tiene una mejor calidad. Por ello, siempre he huido del periodismo de inmediatez. Considero que el periodismo debe tomar tiempo, trascender, golpear e incomodar al poder. En el fondo, el periodismo es un trabajo artesanal que toma tiempo. Como dice la revista CTXT de España: “Orgullosos de llegar tarde a las últimas noticias”.
— ¿Llegaste a trabajar de la mano del legendario periodista Enrique Zileri?
— De él aprendí que para ser periodista hay que amar profundamente esta profesión. Si no te gusta leer, soportar presiones y estar en constante aprendizaje, simplemente no vas a poder ejercerla bien. En esta carrera no se gana dinero: la paga suele ser baja y dan ganas de dejar el periodismo. A mí me ha pasado más de una vez. Muchas veces he pensado en dejarlo, pero aquí sigo.
La necesidad de seguir reporteando en la calle
— Si su medio es sostenible, ¿por qué sigue trabajando como reportero para Hildebrandt en sus trece?
— Tengo una necesidad, sana —o insana, quizá— de reportear. Es para no aburguesarme. Enrique Zileri siempre decía que los periodistas debemos “oler la calle”. En El Foco soy el director, pero en H13 soy el reportero. El periodismo que yo hago es el que César Hildebrandt me enseñó: conseguir fuentes, primicias, documentos e información.
Eloy recuerda una lección que tuvo en el 2012 para toda su vida. Cuando ocurrió el cierre de La Parada, durante la gestión de Susana Villarán, vio cómo Enrique Zileri, director de Caretas y con casi 80 años, decidió salir a reportear. A pesar de ser una figura reconocida a nivel nacional e internacional, seguía sintiendo la necesidad de cubrir personalmente los hechos que le interesaban. Esa anécdota quedó marcada en la memoria de Eloy. En ese gesto entendió que el periodismo no se puede hacer únicamente desde una oficina.
— Eres conocido por hacer “periodismo de periodistas”. ¿Por qué lo consideras importante?
— En el periodismo hay que velar por el interés público y, al mismo tiempo, incomodar a los más poderosos. Entonces, los periodistas también tenemos cierto poder, al igual que los dueños de medios de comunicación. Si fiscalizamos a líderes sindicales o a los políticos, también debemos fiscalizar a los periodistas y dueños de medios. Para algunos es incómodo hacerlo porque implica molestar o enfrentarse con colegas, pero yo asumo las consecuencias de contar la verdad. El periodismo tiene que investigar el poder, sea formal, informal, sindical, político, económico o mediático.
Para Eloy, los periodistas no son figuras neutrales ni ajenas al poder. Tienen influencia en las personas, ya que construyen narrativas, deciden qué se publica y qué se omite. Y en esta profesión también hay poder. Por eso, insiste que los periodistas deben ser sometidos al mismo nivel de fiscalización que cualquier político o funcionario. Esa postura no nace de un episodio aislado, sino de una convicción que fue construyendo con el tiempo. A partir de su propia experiencia en redacciones, entendió que el periodismo no puede “casarse” con nadie. Ni con fuentes, ni con instituciones, ni siquiera con sus propios colegas. La ética debe estar siempre con el interés público. Y eso implica, muchas veces, incomodar a quienes comparten el mismo oficio.
