Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el 85,8% de los adolescentes peruanos de 12 a 18 años se conecta a internet al menos una vez al día, lo que lo convierte en el grupo etario con mayor presencia digital del país. A nivel internacional, un estudio del “Pew Research Center” encontró que el 68% de los adolescentes usuarios de redes sociales ha vivido algún tipo de conflicto o «drama» con sus amistades a raíz de estas plataformas, mientras que el 45% ha bloqueado a un ex compañero o ex pareja tras el fin de una relación.

Es evidente que la hiperconectividad está redefiniendo los vínculos afectivos de la juventud actual: la formación de nuevas relaciones, pero también interviene en las separaciones mediadas por pantallas e incluso la comparación constante entre círculos de amistad.
En plataformas sociales, como Instagram o TikTok, es habitual que los usuarios compartan actualizaciones a nivel académico, profesional, e incluso personal. Esta dinámica no solo genera especulaciones entre su círculo digital, sino también un impacto emocional directo en quienes se exponen.
Cada vez que se miden las relaciones a través de pantallas y likes, se amortigua el impacto emocional del cara a cara, lo que reduce los niveles de empatía y fomenta problemas sociales como el ciberacoso o la crítica desmedida.
La psicóloga Gretty Guzmán sostiene que la influencia de la virtualidad en los vínculos afectivos, especialmente entre los jóvenes, constituye una nueva dimensión humana, pues impacta directamente en cómo las personas piensan, sienten y se relacionan.
«Hoy, los jóvenes están experimentando una hiperconexión tecnológica junto a una soledad emocional. La autoestima juvenil depende de la aprobación de la audiencia digital, de las personas que están detrás de una pantalla, y esto puede generar relaciones basadas en la apariencia, en lo superficial», sostiene Guzmán.
Al mismo tiempo, esta hiperconexión genera una necesidad constante de estar al tanto de la vida del otro, sea en el ámbito familiar, amical o de pareja. Cuando se produce la ruptura de un vínculo, esta dependencia dificulta notablemente la posibilidad de cerrar el ciclo de una manera emocionalmente saludable.
La psicóloga indica que, en una investigación de la reconocida plataforma científica SciELO, se halló una correlación estadística en la que se identifica que los niveles altos de adicción a las redes sociales, la virtualidad están estrechamente relacionados con la manifestación severa de síntomas depresivos.
Además, como profesional en el rubro, considera que es necesario y esencial desarrollar una dieta digital que priorice el contacto físico y la empatía real, más aún en circunstancias donde las redes sociales dificultan la posibilidad de sanar episodios que son parte del pasado.
Aunque hay usuarios que emplean correctamente las redes sociales, especialmente cuando priorizan el aprendizaje, existe también una fuerte tendencia a compartir contenido relacionado con una ruptura afectiva.

Según una encuesta del “Pew Research Center” realizada entre el 14 de abril y el 4 de mayo de 2022, las adolescentes estadounidenses de entre 13 y 17 años reportan sentirse más afectadas negativamente por las redes sociales que sus pares varones. El estudio, titulado «Conexión, creatividad y drama: La vida adolescente en las redes sociales en 2022», revela que el 45% de las chicas dice sentirse abrumada por el drama que observa en estas plataformas, frente a un 32% de los chicos.
La brecha se repite en otros indicadores: un 37% de las adolescentes siente que sus amigos las excluyen de actividades a raíz de lo que ven en redes (frente a 24% de los chicos), un 32% experimenta presión por publicar contenido que genere comentarios o «me gusta» (contra 27% de los varones), y un 28% afirma sentirse peor respecto a su propia vida por el uso de estas plataformas, casi diez puntos porcentuales más que el 18% registrado entre los chicos.
En conjunto, estos datos evidencian que, si bien ambos géneros experimentan efectos emocionales negativos derivados del consumo de redes sociales, las adolescentes mujeres son consistentemente más propensas a reportar sentimientos de exclusión, presión social y malestar personal.
Aurora Rodríguez (20), seudónimo que se utilizará para proteger la identidad de la fuente, también es parte de la juventud que se ha visto influenciada por el famoso “qué dirán” virtual. Al igual que muchos jóvenes, se ha visto afectada por el término de vínculos sentimentales, ya sean de relaciones de pareja o amicales.
“Estamos en una era digital y como parte de la generación Z, es complicado que muchas personas no lleguen a entender el contexto digital al que nos enfrentamos cuando termina un vínculo. Sanar se vuelve un gran reto durante temporadas, pretendiendo estar bien cuando la otra parte sí lo está logrando verdaderamente. A veces es complicado no encontrarse con nuevas actualizaciones, pensar ‘¿Y si desactivo mis redes?, ¿y si deseo volver a activarlas?’. Sé que es difícil, más aún sabiendo que necesitamos esas plataformas con fines académicos y laborales”, manifiesta Rodríguez.
La ruptura ya no ocurre solo una vez: en la era digital, se repite cada vez que se revisa el perfil de quien ya no pertenece a nuestro entorno. Un estudio de la psicóloga Tara C. Marshall, publicado en la revista científica “Cyberpsychology, Behavior, and Social Networking”, encontró que quienes vigilan el perfil de Facebook de una expareja reportan mayor angustia, sentimientos negativos, deseo y añoranza hacia esa persona, además de un menor crecimiento personal tras la separación.
Una investigación más reciente de la misma autora, publicada en 2025, confirmó el patrón con 762 participantes: observar a una expareja en redes sociales predice mayor malestar emocional incluso seis meses después de la ruptura, especialmente en quienes tienen un estilo de apego ansioso.
El fenómeno no se limita al amor romántico. Según otro reporte del “Pew Research Center” centrado en adolescentes, el 58% ha dejado de seguir a un examigo en redes sociales tras el quiebre de esa relación, y el 45% ha llegado a bloquearlo por completo, un gesto que refleja cuán difícil resulta, para las nuevas generaciones, soltar un vínculo cuando este permanece visible con solo un clic.
La virtualidad no ha creado el fin de los vínculos, pero sí ha cambiado su duración simbólica. Antes, una ruptura, una amistad rota o una relación que no prosperó tenían un cierre relativamente definido: la distancia física hacía su trabajo. Hoy, ese cierre se posterga indefinidamente en forma de perfiles que siguen activos, fotos que vuelven a ser el «recuerdo» de una aplicación, mensajes de personas en común de ambos protagonistas del cierre y la posibilidad de ver qué hace la otra persona sin que ella lo sepa.
Todos los estudios presentados reflejan que esa disponibilidad constante no es un simple hábito digital: es un obstáculo real para procesar la pérdida. Mientras las nuevas generaciones sigan creciendo con una vida afectiva que se construye (y a veces destruye) frente a una pantalla, la pregunta ya no será solo cómo se inician los vínculos en la era digital, sino qué tan preparados estamos para dejarlos ir en estos tiempos.
