
La sobrecarga laboral, la dificultad para desconectarse y la exposición constante a pantallas están impactando el bienestar emocional de muchos adultos. En jornadas que se extienden más allá del horario formal, el límite entre la vida personal y el trabajo se vuelve difuso, generando agotamiento y tensión acumulada. Frente a este problema, Alejandra Chávarri, psicóloga y magíster en Psicopedagogía, y Jennifer Cóndor, psicóloga especialista en deporte y actividad física, señalan que las actividades artísticas y el movimiento corporal pueden convertirse en herramientas preventivas para fortalecer la regulación emocional y evitar un mayor desgaste.
Chávarri explica que regular las emociones no significa ignorarlas, sino reconocerlas y gestionarlas de manera saludable. Cuando no existen espacios para canalizar lo que se siente, el malestar puede intensificarse y manifestarse en irritabilidad, ansiedad e incluso molestias físicas.
Desde su experiencia en arteterapia, sostiene que las actividades creativas permiten procesar experiencias internas que muchas veces no logran ponerse en palabras. Pintar, escribir o modelar no sustituyen un proceso terapéutico formal, pero sí ofrecen un canal accesible de expresión y organización emocional.
Por su parte, Cóndor enfatiza que el impacto del exceso de trabajo no depende únicamente de la cantidad de tareas, sino de las herramientas personales para afrontarlas. Cuando el rol laboral ocupa todos los espacios, el cuerpo termina reflejando lo que no se gestiona internamente: contracturas musculares, alteraciones del sueño o fatiga persistente pueden ser señales de alerta. En ese contexto, el movimiento cumple una función reguladora importante.
La especialista distingue entre actividad física como caminar, bailar y ejercicio moderado. Estas alternativas favorecen la liberación de sustancias asociadas al bienestar y ayudan a reducir la tensión acumulada. Si el arte ofrece un canal simbólico para elaborar emociones, el ejercicio brinda una vía fisiológica de descarga.
Sin embargo, ambas coinciden en que el contexto y los roles que asumen muchos adultos influyen en la tendencia a postergar este tipo de prácticas. Las exigencias económicas, laborales o familiares llevan a priorizar lo urgente sobre el cuidado emocional, y cuando esa dinámica se sostiene en el tiempo, lo no gestionado termina intensificando el problema, ya sea a nivel emocional o corporal.
Aunque para muchos adultos puede resultar difícil destinar tiempo a estas actividades, incluso acciones simples como caminar 30 minutos, bailar en casa o dedicar una hora a dibujar durante el fin de semana pueden generar beneficios sostenidos. No se trata de transformar la rutina de un día para otro, sino de incorporar hábitos graduales que, con el tiempo, contribuyan al equilibrio emocional.
