
Vamos al cine para recordarnos a nosotros mismos y a los otros, para ver vidas que no son la nuestra y, aun así, reconocernos en ellas. Una película puede recordarnos una ciudad que dejamos atrás o una versión de quienes fuimos, pero también abre ventanas. Nos muestra realidades de provincias, de barrios olvidados, de comunidades marginadas que rara vez aparecen en las noticias. El cine crea empatía porque nos obliga a mirar historias que quizá nunca viviríamos, pero que existen. Y, por un par de horas, entendemos un poco mejor al otro.
Ahí es donde aparece algo que solemos olvidar, que el cine nació para verse en colectivo. La experiencia cinematográfica no solo ocurre en la pantalla, sino en la comunidad que la rodea. Sin embargo, hoy vemos películas en celulares, laptops o tablets, interrumpidas por notificaciones y pausas constantes. El streaming democratiza el acceso y permite que más personas vean películas desde cualquier lugar, pero también transformó la experiencia, el cine dejó de ser un encuentro para convertirse, muchas veces, en una actividad solitaria.
El consumo audiovisual se volvió individual y acelerado. Ya no vamos al cine; el cine viene a nosotros. Sin embargo, la experiencia colectiva no ha desaparecido. En distintos puntos de Lima sobreviven proyecciones gratuitas en plazas, museos, centros culturales y espacios vecinales organizados por colectivos que sostienen una idea simple: el cine no es solo entretenimiento, es encuentro.
Los datos muestran con claridad cómo cambió nuestra forma de ver cine. Según el Informe comparativo internacional de consumo cultural del SInCA (2023), solo el 16,6 % de peruanos asistió al cine en el último año, una cifra muy por debajo de países como Argentina (34,8 %) y México (33,1 %). En contraste, el 58,4 % de peruanos vio películas o series en línea durante ese mismo periodo. Es decir, mientras el acceso a las salas sigue siendo bajo, más de la mitad del público ya consume películas desde plataformas digitales.
La explicación puede deberse a la concentración de salas en ciertas zonas de Lima, las barreras económicas, los tiempos de traslado y, por supuesto, la comodidad del streaming. El resultado es una transición clara, el cine sigue presente en nuestras vidas, pero cada vez menos como experiencia compartida y cada vez más como consumo individual. Existen movimientos que buscan recuperar el cine como experiencia compartida y descentralizada.
El Festival de Cine de Lima, por ejemplo, ha incluido funciones gratuitas dentro y fuera de la capital. En 2025, gracias a una alianza con PeliSolar y el British Council, se lanzó el primer cine móvil ecológico del país, llevando funciones a zonas como Cantagallo, Huachipa y Comas. A esto se suman iniciativas independientes como el Ciclo de Cine Quilca–Casa Leguía, que inauguró este año su tercer festival con una asistencia cercana a 180 espectadores. En espacios así, el cine no termina cuando aparecen los créditos: directores, críticos y público dialogan, se debaten escenas y se discuten interpretaciones. La película deja de ser contenido para convertirse en experiencia colectiva.

Estos espacios también cumplen la función de descentralizar el acceso. No todo pasa por las grandes salas comerciales ni por los estrenos de cartelera. Llevar cine a plazas, barrios y centros culturales permite que personas que rara vez van a una sala comercial puedan encontrarse con películas distintas, conversar sobre ellas y sentir que el cine también les pertenece. Cuando el cine llega a zonas alejadas, encuentra el hogar donde siempre debió vivir.
Claro, no todos pueden desplazarse a una sala alternativa ni ajustar sus horarios. Para muchas personas, ver cine en casa es la única opción viable. Las plataformas digitales poseen gran parte del acceso y permiten que más personas puedan ver películas que antes no llegaban a sus ciudades.
Tampoco hay nada de malo en disfrutar una película en soledad; también es un espacio íntimo y necesario, pero una cosa no cancela la otra. Que podamos ver cine solos no significa que debamos renunciar a verlo juntos cuando es posible. Existen proyecciones gratuitas o accesibles en espacios públicos, donde vale la pena reconocer su importancia cultural frente a la simple descarga o la experiencia aislada.
Defender, asistir y sostener proyecciones alternativas no es nostalgia por un pasado analógico, es apostar por el encuentro en una época que empuja constantemente hacia el consumo solitario. Defender un hábito cultural que fomenta el diálogo y el encuentro para tener esa sensación de haber compartido algo con desconocidos que, por un momento, miraron en la misma dirección.
Tal vez el desafío no sea elegir entre pantalla personal o experiencia colectiva, sino recordar que el cine puede ser ambas cosas, acompañarnos en soledad y también reunirnos. En una época donde casi todo se consume individualmente, sentarse a mirar y conversar sigue siendo un gesto cultural valioso. Porque, al final, el cine no solo se ve, se comparte. Y en tiempos de pantallas solitarias, ese gesto simple de mirar juntos sigue siendo una forma poderosa, y urgente, de recordarnos que no estamos solos.
