
Sant’Egidio, bajo la coordinación de Martha Orosco, organiza en la iglesia de San Lázaro, ubicada en el distrito del Rímac, desayunos y celebraciones para personas adultas mayores que viven en las calles o en soledad. Más que un plato de comida, ofrecen un lugar donde sentirse en familia.

Hace dos años, la comunidad de Sant’Egidio Perú acudía a las calles del Rímac para invitar a los adultos mayores a tomar desayuno en los salones de la iglesia de San Lázaro. Hoy en día, grandes cantidades de alimento esperan sobre siete largas mesas cada martes y viernes desde las ocho y media de la mañana. Ahí, no solo se comparte un vaso de avena y un pan con relleno, sino también se construyen lazos de amistad y fraternidad con “los amigos”, llamados así por los voluntarios.
A pedido del arzobispo Carlos Castillo, la actividad solidaria se gestó en un lugar céntrico donde puedan llegar todos aquellos que necesiten de ayuda. Así, bajo la dirección de Martha Orosco, coordinadora de la comunidad por más de veinte años, se instaló un comedor dirigido principalmente a las personas mayores de 60 años que viven en situación de abandono. “No solamente vamos a hacer misas y sacramentos, sino también un trabajo con los pobres”, señala.
Entre diez a ocho miembros asumen las tareas de la cocina, la limpieza y el reparto. Antes de las siete de la mañana, Mónica Trelles enciende las hornillas y alza la olla de quaker. El servicio lo realiza con dedicación, como si se tratase de sus abuelos, a quienes afirma ver reflejados en los asistentes.
Recuerda que en una ocasión, Ibis, una persona de 81 años, le dijo: “Yo necesito cariño, amor”. En respuesta, Mónica la abrazó fuertemente y le aseguró con la voz entrecortada: “No te preocupes, acá me tienes”.

En paralelo, Vianney Tablero, venezolana y aventurera de corazón, corta los panes y los unta con el manjar preparado. Al principio le costaba intercambiar conversaciones debido a su acento, pero con el tiempo se ha adaptado y hoy se ríe con “los amigos”, que la confunden con la cantante Susana Baca por su cabello rizado. Cuando va por la calle, se encuentra con alguno de ellos y se detiene por un largo tiempo.
Después de escuchar las sagradas escrituras en el templo, leídas por Martha, los adultos mayores se acomodan en sus asientos. El último viernes de cada mes tiene una particularidad. La comunidad se organiza con días de anticipación para celebrar los cumpleaños y así esperarlos con una torta al centro de la mesa principal y un desayuno especial. Entre aplausos y sonrisas, sus rostros llenos de felicidad revelan, según Martha: “un encuentro de paz, un momento de sentirnos amados unos a otros, un momento familiar”.

Abel Maldonado (67), rimense y corista de la iglesia desde su juventud, asiste cada semana al comedor de San Lázaro, donde encuentra compañía tras una vida sin esposa ni hijos. Arturo Huapalla (45), quien carece de una familia, recuerda con emoción el agasajo de mayo, un día que lo conectó con su infancia cuando el lugar apenas era un jardín. Aunque sus edades difieren, sus contextos convergen. Ambos, marcados por la ausencia y el abandono, hallan en este espacio un motivo para reconciliarse con la vida.
Más allá de ofrecer un plato de comida, los voluntarios buscan que cada adulto mayor en situación de calle o abandono, se sienta como en casa. La comunidad de Sant’Egidio está trabajando para convertir el comedor en un refugio para ellos. “Queremos albergar a los amigos sin techo, sobre todo a los más ancianos que siguen viviendo en la calle (…), brindarles un espacio donde puedan descansar tranquilos y no ser botados a las cinco de mañana del lugar donde se refugian del frío”, apunta Martha.
