En el Perú, cada proceso electoral no solo pone en discusión propuestas, partidos o candidaturas. También expone, con especial crudeza, taras y prejuicios profundamente arraigados en nuestra sociedad, como el racismo y la discriminación.

Un ejemplo claro fue lo ocurrido durante la candidatura y posterior elección de Pedro Castillo durante la segunda vuelta de 2021. A través de medios de comunicación y redes sociales, afloraron discursos abiertamente racistas y clasistas. Diversos usuarios llamaron incluso a plantear el exterminio de regiones como Ayacucho, Apurímac, Cajamarca, Cusco, Puno, donde Castillo obtuvo una amplia mayoría. Al entonces candidato se le acusó de comunistas y hasta se exigió un golpe de Estado, en medio de un rechazo que no solo era político, sino también social, cultural y racial.
Las elecciones del 2021 quedarán marcadas por haber destapado un racismo que durante mucho tiempo fue silenciado, minimizado o negado. También evidenciaron que, aunque existan leyes para sancionar estas conductas, su aplicación sigue siendo débil y su respeto, todavía más precario.
Hoy, en una nueva contienda electoral, corresponde mantenernos alerta frente a estos discursos. Pero no solo porque puedan provenir de votantes o usuarios en redes sociales, sino también porque pueden surgir desde las propias candidaturas.
Los comentarios de Edith Herrera García, candidata al Parlamento Andino por Podemos Perú, contra un efectivo policial por haber sido detenida han generado indignación y vergüenza. La agresión verbal y física que sufrió el teniente evidencia la baja calidad moral de ciertos aspirantes a cargos públicos. A ellos se suma un problema mayor: los partidos continúan albergando candidatos con denuncias, antecedentes graves o cuestionamientos serios que, en muchos casos, son tratados con alarmante ligereza.
Por eso, al momento de votar, no solo deberíamos evaluar planes de gobierno o promesas de campaña. También debemos prestar atención al tipo de discurso que respaldamos y la conducta de quienes aspiramos a colocar en cargos de representación. Elegir autoridades no consiste solo en delegar poder, sino también en definir qué clases de país estamos dispuestos a tolerar.
