Narrar desde la cicatriz

Arte: Zarai Ocsa

Hay una distancia difícil de ignorar cuando alguien cuenta una violencia que nunca ha tenido que temer. Hay dolores que no se cuentan, sino que se quedan marcados en la piel, en la voz, en la forma de narrar. ¿Quién tiene derecho a contar el dolor de una mujer violada, golpeada, encerrada o silenciada? ¿Basta la técnica para narrar una violencia que no se ha vivido en carne propia? La pregunta incomoda porque rompe una fantasía del periodismo narrativo, la de que cualquier historia puede ser contada por cualquiera si hay talento y disciplina, pero no todas las miradas nacen desde el mismo lugar, ni todos los cuerpos han sido atravesados por la misma historia.

Durante décadas, el oficio ha insistido en que la ética y la formación bastan para escribir. Sin embargo, cuando se trata de violencia de género, hay algo que ningún manual enseña: la experiencia encarnada.  Porque no es lo mismo documentar un aborto clandestino que haberlo atravesado en silencio, ni describir una maternidad forzada que haber parido en una camilla de hospital mientras te decían que no grites. Tampoco es lo mismo intentar explicar el miedo a caminar sola que haberlo caminado todas las noches de tu vida. Las crónicas escritas por mujeres no son más empáticas por casualidad, lo son porque emergen de un territorio específico, el de haber sido históricamente el blanco de esa violencia. Narramos desde el mismo cuerpo que ha sido vigilado, corregido y expuesto, desde el mismo cuerpo que aprendió a caminar con miedo antes que con libertad.

Esas situaciones no son un invento, las cifras lo confirman. Según la Organización Mundial de la Salud, casi una de cada tres mujeres en el mundo (un aproximado de 840 millones) ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida; sin embargo, los números no sangran, no tiemblan, no recuerdan. Ahí es donde entra la escritura. Por ejemplo, en las crónicas de Gabriela Wiener, Josefina Licitra o Leila Guerriero, la anatomía se convierte en un campo de batalla narrativo, sin distancia ni traducción, con el cuerpo al centro. Por eso muchas cronistas rompen la linealidad, porque el trauma no respeta un orden cronológico. Por eso escriben desde lo sensorial porque el dolor tiene textura, temperatura, olor. Y por eso cuidan cada palabra, porque saben que una frase puede volver a abrir una herida.

Las crónicas sobre violencia de género han llegado a premios como el Premio Gabo o el Premio Ortega y Gasset. Aun así, pocas veces se discute desde dónde fueron escritas.

Es justo reconocer que hay hombres que hacen un periodismo narrativo valioso sobre violencia de género. En Día de visita, Marco Avilés construye un relato respetuoso, atento y profundamente humano sobre mujeres privadas de su libertad. Sin embargo, hay un límite que no se puede ignorar. Puede observar, escuchar y traducir, pero no ha sido ese cuerpo. No ha caminado con el miedo clavado en la nuca, ni ha tenido que explicar por qué no denunció a tiempo, ni ha sentido que su propio cuerpo era un territorio en disputa. Su trabajo es el de un testigo, y ser testigo no es poca cosa, pero tampoco es lo mismo.  En palabras de la escritora Cielo Latini: se puede estudiar el comportamiento de las aves, pero jamás se sabrá cómo se siente volar.

Durante años, cuando una mujer escribía sobre su dolor, era considerada demasiado personal. Cuando un hombre lo hacía era leído como universal. La vara nunca ha sido la misma. Por eso, no se trata de expulsar a los hombres del relato, sino de dejar de usarlos como medida. La pregunta no es si pueden hacerlo igual de bien, sino por qué seguimos necesitando su validación para legitimar relatos que las mujeres han sostenido desde los márgenes durante siglos.

El periodismo enseña a narrar, pero rara vez a reconocer los límites de la propia mirada. Y eso también es una forma de ética. En la violencia de género, en la maternidad impuesta, en el aborto clandestino, quien escribe desde adentro no está siendo subjetiva, está siendo la única que puede contar, sin filtros, lo que duele. No es una cuestión de superioridad, sino de quién ha cargado históricamente con el peso de esa violencia. Y mientras esa posición no sea compartida de forma real, la voz de las mujeres seguirá siendo, en este oficio, insustituible.

Nikoll Benavides

Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal. Actualmente redactora periodística en Departe.

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  • Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal.
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