
Como estudiante de periodismo, siempre me ha apasionado leer. Sin embargo, si soy brutalmente honesta, mi consumo literario ha sido bastante cómodo y predecible, guiado siempre por los grandes clásicos. Hasta hace poco, mis referencias no salían de La peste, La metamorfosis, La Odisea o Crónica de una muerte anunciada. Fue mi propia curiosidad —y el necesario empujón de mis profesores— lo que me llevó a querer enfocarme en escritores peruanos; sentí la urgencia de conocer mi propio país antes de seguir adentrándome en otros continentes. Así, decidí abrirme a leer algo distinto a mi entorno y llegué a Los ríos profundos.
Publicada en 1958, es una de las obras clave de la literatura peruana, y ahora entiendo perfectamente por qué. José María Arguedas, además de escritor, fue antropólogo y creció inmerso en esa cultura andina que, hasta hace poco, me resultaba tan ajena. Su forma de describir las costumbres, el idioma y la cosmovisión de los Andes tiene una autenticidad tan arrolladora que me despertó unas ganas genuinas de investigar más. Creo que es precisamente ese aspecto el que le otorga tanta vigencia al libro.
La historia sigue a Ernesto, un adolescente que llega a un internado católico en Abancay. A través de sus ojos, me enfrenté a un Perú que rara vez veo en mi día a día limeño. Mientras él observa las injusticias, el racismo y los conflictos sociales, yo también tuve que confrontar mi propia ignorancia sobre la realidad nacional. Ernesto intenta encontrar su lugar en un entorno sumamente complejo y, en el proceso, nos entrega una narración que te obliga a reflexionar sobre la identidad y la profunda desconexión cultural que aún arrastramos.
Tengo que admitir que el choque inicial fue fuerte y me costó muchísimo engancharme. Acostumbrada a otros ritmos literarios, sentía que la historia avanzaba demasiado lento y las descripciones se me hacían interminables. Sin embargo, conforme ejercité la paciencia, entendí que esos detalles no son relleno; son fundamentales para sumergirte en los paisajes y comprender el inmenso arraigo emocional que Ernesto (y el propio Arguedas) siente por ese mundo. Lo que más me cautivó fue cómo el autor transmite ese amor profundo por la sierra y construye personajes con múltiples matices, donde nadie es completamente bueno ni malo, sino que simplemente actúan desde su propia realidad.
Por otro lado, y desconozco si fue la intención principal del autor, la novela me hizo entender que la religión no está exenta del mal. El claro ejemplo es el Padre Linares, director del colegio, quien no solo conocía el maltrato físico entre los alumnos, sino que lo toleraba bajo la excusa de buscar «su bien». Peor aún, durante la rebelión de las chicheras para conseguir sal, el padre, en lugar de encarnar los mandamientos y el amor al prójimo, condenó a las mujeres por levantarse y exigir justicia. Digo esto siendo católica. En nuestro país existe la creencia generalizada de que la religión es lo mejor que le puede pasar al peruano, asumiendo automáticamente que es sinónimo de bondad. A menudo endiosamos a las figuras religiosas, otorgándoles una superioridad moral intocable, cuando la realidad, tal como la retrata el libro, puede ser muy distinta y hasta hipócrita.
Este es un libro que vale totalmente la pena porque te muestra, a la fuerza, una cara del Perú que muchos preferimos ignorar. Se lo recomendaría a cualquiera que busque una lectura que invite a cuestionar su propio entorno, aunque definitivamente requiere perseverancia.
