
Amo el Mundial, amo el fútbol. No hay otra cosa que me haga sentir tan emocionada como este torneo que espero cada cuatro años. Apenas ha pasado una semana y las sorpresas no faltaron: Cabo Verde empató con España, Japón frenó a Países Bajos y, la que más anonadada me dejó, Australia ganándole a la Turquía de Çalhanoğlu y Güler.
Cuesta continuar sin mencionar la ausencia de Perú en esta nueva edición de la máxima competición de fútbol a nivel selecciones. Mi corazón me dice que la blanquirroja podría haber marcado una diferencia; mi razón, que era imposible clasificar, más aún con la crisis de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) y el cambio de tres técnicos en el proceso de clasificación.
A pesar de ello, el peruano vive el Mundial a su manera e incluso sorprenden las ganas de la gente de seguir enganchada a la tele, de elegir a una selección en particular para apoyar, ya sean equipos sorpresa como Cabo Verde, o Brasil, por el regreso de Neymar.
Lo veíamos venir: asumimos la decepción de quedar penúltimos en las Eliminatorias Sudamericanas y tratamos de hallar consuelo en que nuestro rival, Chile, tampoco logró clasificar. Hoy, con la resignación ya digerida, el apoyo se dirige a cualquier camiseta sudamericana que siga en pie.
¿Por qué vivimos un Mundial al que no clasificamos con tanta normalidad y soltura? Hay viewing parties en muchísimos espacios públicos, las casas de apuestas funcionan a su máximo esplendor y los aficionados discuten como si fueran directores técnicos experimentados que saben más que el propio futbolista en la cancha.
¿Vivir el mundial para llenar un vacío?
En medio de nuestra constante crisis política, en la que la ciudadanía está harta y agotada de esperar para saber a quién vamos a odiar en los siguientes cinco años, el Mundial es, para muchos, el refugio perfecto. A cualquiera le gustaría escapar un rato; huir de la ansiedad cotidiana de un país que parece romperse a pedazos y encontrar, aunque sea por noventa minutos, un terreno neutral donde la única preocupación real es si la pelota entra o no al arco.
Al final, vivir el Mundial sin estar en él puede ser un refugio común que nos sirve para recordar cómo se siente celebrar algo juntos, aunque la alegría no provenga de nuestro país.
