Leer diarios y cartas póstumas: ¿homenaje o intrusión?

Arte: Zarai Ocsa

¿Por qué nos creemos con derecho a leer lo que nadie escribió para nosotros? Esa pregunta me inquieta cada vez que veo un diario íntimo publicado después de la muerte de su autora, o un tomo de cartas que alguien ató con una cinta y escondió en el fondo de un cajón. El problema no es la curiosidad, esa es humana, sino la certeza con la que convertimos esa curiosidad en virtud. Lo llamamos homenaje, memoria, deber histórico, pero a veces, en la intimidad del cuarto donde leemos, sabemos que es otra cosa: la comodidad de husmear donde ya no hay quien cierre la puerta.

La pregunta molesta porque pone en duda una de las fantasías más cómodas del mundo literario: que todo papel escrito por un autor, una vez que aquel muere, se convierte automáticamente en patrimonio público. Un diario no es un manuscrito inacabado ni una carta es un borrador de una obra futura. Se escriben contra el otro, no para el otro. Publicarlos sin permiso explícito no es rendir culto a un autor, es ejercer un poder sobre quien ya no puede defenderse. El verdadero respeto, ese del que tanto hablamos en las solapas de los libros y en los prólogos, quizá consista en saber cuándo no publicar, pero eso no vende.

Kafka le rogó a Max Brod que quemara todos sus escritos. Brod no lo hizo. Publicó novelas como El proceso, sí, pero también las cartas donde Kafka confesaba su miedo al sexo, su asco por su cuerpo, su fracaso como hijo. Sin Brod seríamos más pobres. Con Brod, también. La pregunta no es si salió ganando la literatura. La pregunta es si alguien tenía derecho a decidir por él.

Tras la muerte de Franz Kafka, en 1924, apareció una carta para su amigo Max Brod con la instrucción de quemarlo todo. Él respondió: «Lo que me importaba… era ayudar a un amigo incluso en contra de su voluntad». (Foto: El Español)

Aunque es justo reconocer que el otro lado también tiene peso. Sin los diarios de Virginia Woolf no entenderíamos sus mareos ni sus grietas. Sin las cartas de Alejandra Pizarnik no sabríamos hasta dónde llegaba su infierno antes de apagar la luz. Hay editores y biógrafos que trabajan con respeto, que no publican por morbo sino por necesidad de entender. Además, ¿quién decide qué es íntimo y qué es histórico? La muerte convierte todo vestigio en archivo, y el archivo pertenece a quien quiere aprender. Pero ese poder, el de decidir qué se enseña y qué se esconde, sigue estando en las mismas manos de siempre. Y esas manos no tiemblan cuando abren un cajón que no les pertenece.

Quizá el teatro de la intimidad póstuma esté condenado a esta contradicción: querer saberlo todo de quienes admiramos, y al mismo tiempo desear que nadie sepa nunca lo que escribimos en la oscuridad. Cuando cierro un diario ajeno, lo que me queda no es certeza, sino una pregunta que devuelve el silencio: si alguien leyera el mío después de muerta, ¿me sentiría inmortalizada o vulnerable? Todavía no sé la respuesta.

Nikoll Benavides

Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal. Actualmente redactora periodística en Departe.

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  • Egresada de Comunicación y Periodismo de la Universidad Privada del Norte. Redactora y cronista con experiencia en medios culturales, con colaboraciones en periódicos digitales e impresos como El Comercio y El Peruano. Productora del videopodcast cultural Séptimo Portal.
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