Mi gallo es el chancho: ¿por qué el libro de Pancho de Piérola es un fracaso?

Arte: Pilar Balabarca

Aunque Mi gallo es el chancho, de Pancho de Piérola, se presentó en marzo de 2026, recién en agosto las redes sociales lo convirtieron en tendencia. ¿Por qué un texto digital de apenas 42 páginas resurge meses después envuelto exclusivamente en críticas? Leí la obra para comprobar el juicio de internet y reafirmo lo innegable: es un fracaso rotundo.

El primer gran error es su absoluta falta de objetividad. Aunque apenas termino la carrera de Periodismo, soy consciente de que un perfilador debe ser «la mosca en la pared», una presencia invisible para documentar lo que el biografiado jamás mostraría. Claro, depende del autor si inyecta uno que otro comentario personal. Pero aquí se abusan de ellos y, peor aún, desborda elogios: “Los grandes líderes no pierden el tiempo”. Incluso, falla en dejar que la audiencia decida su postura; la impone desde el inicio, justificando sus pocas imperfecciones como virtudes incomprendidas. Según el autor, decir siempre lo que piensa no es un defecto, pues “es en esa imperfección donde yace su humanidad y la gente se da cuenta”.

El segundo motivo es la disonancia entre el López Aliaga que el libro vende y sus acciones reales. El texto asegura: “Rafael tiene familiares gays y nunca los ha querido menos o más por su sexualidad”. Sin embargo, la realidad expone a un político que obstaculizó la Marcha del Orgullo en 2024, que tildó de “depredador sexual” a Carlos Bruce en señal abierta, solo por ser homosexual, y cuya bancada rechaza la unión civil entre personas del mismo género. Autoproclamarse aliado por «tener familiares gays» es tan válido argumentativamente como decir: «Yo no soy racista, pero…».

Incluso, en el capítulo 5, la exposición ideológica revela contradicciones directas entre lo narrado y la realidad:

  • “Deus Caritas Est nos enseña (…) a hacerlo con amor al prójimo y respeto por la dignidad humana”. ¿Dónde estuvo ese amor al prójimo al insultar a líderes de opinión como Gustavo Gorriti, Rosa María Palacios, Marco Sifuentes o a todos los periodistas de Epicentro que lo encararon, por no unirse a la bandada de urracos que gritaban “fraude electoral”?
  • “La Iglesia establece la Doctrina Social: defensa de la familia, de la propiedad privada, del salario justo y del rol subsidiario del Estado”. ¿Se defiende a la familia incumpliendo la promesa de «Hambre Cero», abandonando las ollas comunes, o rechazando la adopción homoparental? ¿De qué salario justo hablamos si el candidato arrastró deudas millonarias con la SUNAT y despidió a cientos de trabajadores municipales llamándolos «zánganos»?
  • “La Iglesia no reemplaza al Estado”. ¿Dónde queda esta separación si se condena el aborto terapéutico, empujando a niñas violentadas a embarazos forzados? ¿Cómo se sostiene un Estado laico bloqueando la Educación Sexual Integral (ESI), eliminando una herramienta vital contra violaciones y tocamientos indebidos?

Quisiera limitar el fracaso de la obra a estos motivos, pero el autor cometió el error de subestimar la inteligencia de sus lectores. Fueron ellos quienes identificaron algunas irregularidades en cuanto a la narrativa. Aún sin tocar temas recurrentes —como la infame escena orinando o que la obra fue auspiciada por el Estado con $6400—, cuando se cambia la rigurosidad periodística por el fanatismo ciego y se maquilla una realidad documentada, el libro deja de ser biografía para volverse proselitismo político. En la era digital, la propaganda mal disfrazada jamás sobrevive a los internautas, periodistas o líderes de opinión.

María Gracia Mircin Ramirez

Estudiante de Comunicación y Periodismo en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Redactora periodística y conductora frente a cámaras en el medio digital Departe.

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